Siguiendo con la presentación, me apetece hablar sobre las mentiras. No solo sobre las mentiras, si no con todo aquello que conciernen, como por ejemplo la traición. Todos tenemos a alguien, un amigo, una persona, en la cual hemos depositado nuestra confianza. Y cuando menos te lo esperas, te clavan un puñal. Si, supongo que me entendéis, sabéis de qué hablo. Normalmente, llegado a ese punto, uno suele preguntarse qué motivos tenía para mentirte, para ocultar su verdadera forma de ser, sus motivos, en resumen, por qué te mentía.
En mi experiencia personal, he de decir que pertenezco al grupo de los mentirosos, y a la vez de los que han sufrido ese tipo de mentiras. Mentiroso, pero no con maldad. Cuando ves sufrir a alguien, y te sientes impotente, y lo único que deseas hacer es huir y alejarte de los problemas, la decisión correcta no es siempre la decisión fácil para uno mismo. Tienes que mentirle a esa persona, fingir que todo está bien, para darle ánimos, cuando en realidad estás tan abatido como ella. Y los meses pasan, y alargas la mentira hasta extremos que antes no sospechabas, la estiras tanto que llegas a creer que todo está bien.
Pero un día recuerdas la traición, esa herida que no se cierra ni se cerrará nunca, por mucho que te mientas a ti mismo o a los demás. Te descubres un día, y te sorprendes llorando a solas, a oscuras en la esquina de tu habitación o en el borde de tu cama. Ahogas los sollozos, porque sabes que pueden oírte, y vuelves a mentir. Por los demás. Porque así es el mundo, un cúmulo de mentiras que no dejan de crecer y crecer, de entrelazarse. ¿Pero qué sería del mundo sin esas mentiras? Sin duda, no sería lo mismo. Porque aunque duelan, hay mentiras que son necesarias. Mentimos para proteger a los demás. Porque siempre duele más una verdad que una mentira. Siempre.
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