Las dos primeras entradas no son lo que se puede decir agradables. Parece que soy un pesimista, y es todo lo contrario. Es solo que uno pasa por un momento bajo, un bajón de más de año y medio, pero es sólo una racha, siempre acaba pasando. Por suerte, siempre tienes a gente que te apoya. Sobretodo amigos. Este blog va dedicado a todos aquellos que me han apoyado, a esos compañeros de biología que sin quererlo han ayudado a hacer de este año un buen año, y que me hacen desear volver a clase.
Para empezar, Andresito, el pequeño marine. Cuando lo conocí pensé que era un pijo más, y ahora resulta que se ha convertido en un tío con el que sé que puedo contar, y al que, desde nuestro momento gay con Casablanca, necesito.
En segundo lugar, el señor Bóveda, alias Pablo. Un abuelo, como suelo llamarlo, pero bastante cumplidor, siempre dispuesto a ayudar, y que me ha acompañado en todos esos ratos entre clase y clase. Su defecto, ser madridista.
La gente del grupo G2, a saber: Juanito, Mar, Cosman, Iván, Álex, David, Brais, sin los cuales las clases serían aburridísimas. Gracias por hacer del curso algo más animado, con nuestras discusiones Barça-Madrid o las bromas sobre la cocaína.
No hay que olvidarse del resto de compañeros, que entre ciento y pico que somos tengo que nombrar a alguien más. Diego, Jóse, Rafa, Alvarito, Ruth, Áurea, Rebe, Rafa, Richi, Chusa, Alba, Nerea, todos los que nos juntamos fuera para que nos de el aire entre sermón y sermón. Gracias.
Gracias por estar ahí, como suele pasar conmigo, lo que necesito es tener a alguien a mi lado, sin que os déis cuenta ya me ayudáis, me permitís ser normal, algo que nunca antes había sido. ¡Gracias por todo gente, se acerca un nuevo curso, a ver cuantos aguantamos el tirón!
Como todo el mundo, uno tiene voz, y no debe callarse nunca. He pasado demasiado tiempo callado, y ahora me apetece hablar.
Susurros
Porque a veces necesitamos hablar y no callar
martes, 30 de agosto de 2011
domingo, 28 de agosto de 2011
Vamos a contar mentiras, tralará
Siguiendo con la presentación, me apetece hablar sobre las mentiras. No solo sobre las mentiras, si no con todo aquello que conciernen, como por ejemplo la traición. Todos tenemos a alguien, un amigo, una persona, en la cual hemos depositado nuestra confianza. Y cuando menos te lo esperas, te clavan un puñal. Si, supongo que me entendéis, sabéis de qué hablo. Normalmente, llegado a ese punto, uno suele preguntarse qué motivos tenía para mentirte, para ocultar su verdadera forma de ser, sus motivos, en resumen, por qué te mentía.
En mi experiencia personal, he de decir que pertenezco al grupo de los mentirosos, y a la vez de los que han sufrido ese tipo de mentiras. Mentiroso, pero no con maldad. Cuando ves sufrir a alguien, y te sientes impotente, y lo único que deseas hacer es huir y alejarte de los problemas, la decisión correcta no es siempre la decisión fácil para uno mismo. Tienes que mentirle a esa persona, fingir que todo está bien, para darle ánimos, cuando en realidad estás tan abatido como ella. Y los meses pasan, y alargas la mentira hasta extremos que antes no sospechabas, la estiras tanto que llegas a creer que todo está bien.
Pero un día recuerdas la traición, esa herida que no se cierra ni se cerrará nunca, por mucho que te mientas a ti mismo o a los demás. Te descubres un día, y te sorprendes llorando a solas, a oscuras en la esquina de tu habitación o en el borde de tu cama. Ahogas los sollozos, porque sabes que pueden oírte, y vuelves a mentir. Por los demás. Porque así es el mundo, un cúmulo de mentiras que no dejan de crecer y crecer, de entrelazarse. ¿Pero qué sería del mundo sin esas mentiras? Sin duda, no sería lo mismo. Porque aunque duelan, hay mentiras que son necesarias. Mentimos para proteger a los demás. Porque siempre duele más una verdad que una mentira. Siempre.
En mi experiencia personal, he de decir que pertenezco al grupo de los mentirosos, y a la vez de los que han sufrido ese tipo de mentiras. Mentiroso, pero no con maldad. Cuando ves sufrir a alguien, y te sientes impotente, y lo único que deseas hacer es huir y alejarte de los problemas, la decisión correcta no es siempre la decisión fácil para uno mismo. Tienes que mentirle a esa persona, fingir que todo está bien, para darle ánimos, cuando en realidad estás tan abatido como ella. Y los meses pasan, y alargas la mentira hasta extremos que antes no sospechabas, la estiras tanto que llegas a creer que todo está bien.
Pero un día recuerdas la traición, esa herida que no se cierra ni se cerrará nunca, por mucho que te mientas a ti mismo o a los demás. Te descubres un día, y te sorprendes llorando a solas, a oscuras en la esquina de tu habitación o en el borde de tu cama. Ahogas los sollozos, porque sabes que pueden oírte, y vuelves a mentir. Por los demás. Porque así es el mundo, un cúmulo de mentiras que no dejan de crecer y crecer, de entrelazarse. ¿Pero qué sería del mundo sin esas mentiras? Sin duda, no sería lo mismo. Porque aunque duelan, hay mentiras que son necesarias. Mentimos para proteger a los demás. Porque siempre duele más una verdad que una mentira. Siempre.
sábado, 27 de agosto de 2011
Para empezar, presentarse
Porque para todo hay una primera vez, digo que esta es la primera vez que escribo un blog. Como es evidente, utilizo un pseudónimo. Cosa estúpida, pero el anonimato es agradable. Es una mentira, dulce, y a la vez amarga. Pero con las mentiras se vive mejor. Desde pequeños nos mienten, todo es por nuestro bien. Y en el fondo, nos gusta esa mentira. Pero para mi, ya está bien de mentiras. Estoy harto de tener que mentir a los demás, y de que los demás me mientan. Es hora de alzar la voz, de elevarse a uno mismo, de decir verdades.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)